Crítica | ‘Mary y la flor de la bruja’ (2018)

¡ES UNA BRUJA!

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Es complicado considerarse un buen cinéfilo sin haber pasado al menos una vez por alguna producción del Studio Ghibli, casi un fenómeno fan con un hombre todopoderoso detrás de el: Hayao Miyazaki. Como la siempre constante amenaza de que Miyazaki lo deja ya, empiezan a salir filiales del mismo y de aquí surge Studio Ponoc, fundada en 2015 por ex-trabajadores de Ghibli como Hiromasa Yonebayashi (director de ‘Arrietty‘ o ‘El recuerdo de Marnie‘) y que nos traen su primer largometraje:

Mary (Hana Sugisaki) vive con su tía abuela Charlotte (Shinobu Ôtake) en el campo, donde nunca ocurre nada interesante. Un día persiguiendo a un pícaro gato, encuentra una flor especial que le da poderes mágicos, con lo que es admitida inmediatamente en la universidad mágica de Endor College bajo la mentira de que es una bruja de nacimiento. Allí descubrirá que la directora Madam Mumblechook (Yûki Amami) y uno de los profesores, el Doctor Dee (Fumiyo Kohinata) esconden un secreto relacionado con la flor que Mary encontró.

Con un estilo visual y narrativo parecido a la ya mencionada Ghibli, es imposible no acabar comparando punto por punto con la compañía nipona que nos trajo joyas como ‘El viaje de Chihiro‘ (2001) o ‘El castillo ambulante‘ (2004), y como un David contra Goliat o un combate desigual entre un Megalodon y Jason Statham, aquí Mary sale perdiendo por goleada casi como sacar una fotocopia de un póster bonito y que te quede algo que se parece, pero no es lo mismo.

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La cinta presenta elementos que ya hemos visto en Ghibli como una protagonista inocente y torpe, pero de gran corazón, unos escenarios llenos de imaginación y color, donde casi todo entra por los ojos y unos villanos cuyo estilo visual recuerda a de Yudaba en ‘El viaje de Chihiro’ o la Bruja del páramo en ‘El castillo ambulante‘ (se nota que son mis favoritas sí), por lo que tampoco lucha por alejarse de lo ya conocido, casi como intentando captar al mismo público sin apenas esforzarse en darnos algo diferente. Aparte, la cinta sufre de un ritmo desigual, donde pasado un prólogo muy potente, nos da una presentación de Mary excesivamente anodina y poco interesante, necesaria eso sí, pero demasiado larga.

Por otro lado, la historia que nos presentan no tiene la suficiente fuerza dramática como para que los espectadores más creciditos sintamos esa magia de olvidarnos que lo que estamos viendo va destinado a un público de menor edad, dejándose llevar por lo infantil e inocente y sin un desarrollo de personajes adulto o potente. Esto hace que su clímax sea soso y poco trepidante, y que el carisma venga más por parte de los diferentes animales que salen a lo largo de la cinta, que de los propios protagonistas. Además, las incógnitas que van surgiendo desde el comienzo de la misma, se resuelven de una manera poco imaginativa y que te dan esa terrible sensación de “tanto rollo para esto”, por lo que tampoco la historia es para tirar cohetes.

No es una mala película, pero dudo que un gran fan de la animación japonesa busque tenerla en su colección o que la considere una de las más recomendables.

Valoración:

batman curioso
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